Lo Frustrante y Liberador de Ser Humana: Lecciones del 2021

 


Ser humanos pueder ser lo más frustrante o lo más liberador de la vida. Eso aprendí este 2021.


Estuve tratando de escribir una entrada con “50 cosas que aprendí este 2021” (muy original, ya sé). Lo empecé no menos de cinco veces, y sin falta, después del punto cuatro me aburría. Esto no era solo producto de un “writers’ block” o de falta de concentración, aunque a lo mejor sí había algo de eso. Se debía a que dentro de mi sabía que estaba banalizando lo que ha sido este año para mi con el fin de resultarle más apetitosa al SEO que pondría este artículo frente a tus ojos.


Por un lado, podría decir que este año pasó sin mucha pena ni gloria. Siento que a penas ayer estaba haciendo mi cuarentena luego de regresar a Vancouver en enero 2021, y sin qué ni para qué, no supe más del año hasta ahorita que acaba de pasar la siguiente navidad.


Por otro lado, podría decir que es uno de los años en los cuales se han llevado a cabo algunos de los cambios más significativos de mi vida. Este año, después de muchos de postergarlo, porfin comencé a ir a terapia. Este proceso no fue para nada como me lo imaginaba. Para comenzar–aunque tengo una hermana psicóloga que me había ya explicado muchas veces que no funcionaba así–parte de mi quería acostarse en un largo diván a verbalizar el monólogo interior que desde hace años se ha andado construyendo en mi consciencia, y que cada sesión finalizara con mi terapeuta diciéndome exactamente cuáles debían ser mis siguientes pasos. También pensé siempre en hacer este proceso en español, mi lengua natal, porque como dijo Gioconda Belli, “mi idioma, español, es mi casa cuando estoy en el extranjero.” Y pues, nada de esto fue así. Mi terapeuta era canadiense, y por lo tanto las sesiones eran en inglés. A raíz de la pandemia, llevamos estas a cabo de manera virtual, y por último, ella no me dijo qué tenía que hacer nunca – me cuestionaba hasta que llegara yo a ciertas conclusiones.


Este año también me mudé a vivir sola. Siempre viví con mi familia, y cuando me fui a la universidad compartí piso en las residencias del campus durante mi primer año. A partir del segundo, me mudé con mi mejor amiga y fuimos roommates hasta este año en el que ella se comprometió. A pesar que ya antes habíamos tenido conversaciones sobre la posibilidad de mudarnos solas, continuamos renovando contratos y hasta mudándonos nuevamente, dejando esas conversaciones en el back-burner. Sin embargo, al ver el anillo ya en su dedo, comprendí que el momento había finalmente llegado en el que por primera vez tendría que enfrentarme al rudo mercado inmobiliario de Vancouver – sola.


Este año también hice mi primer viaje sola. Desde hacía ya años andaba con el gusanito de querer hacer un solo trip. Llevaba años ocasionalmente fantaseando con destinos, pero por una razón u otra, nunca se alineaban las cosas para hacer dicho viaje. Pero este año, con las regulaciones de viaje firmemente ancladas en las directrices federales de Canadá, decidí darme la oportunidad de explorar más el bello país en el que ahora resido. Sin pensarlo mucho me dispuse a reservar unas vacaciones en Montreal y Québec City. Fue una experiencia invaluable que no solo renovó y cultivó mi amor por Canadá, si no que realmente me hizo reflexionar mucho sobre lo fácil que se me ha dado tomar por sentado muchas de las bendiciones que ahora disfruto y oportunidades que se me han abierto al vivir en Vancouver.


Este año también di uno de los pasos más importantes en mi proceso migratorio. Aunque aún no se concreta, es algo que vislumbraba desde los 17 años cuando escogí mi universidad. Poco realmente entendía en ese momento de lo que esto significaba; de los hitos familiares que me perdería; de la cantidad de veces que me iría a dormir llorando y preguntándome si realmente valía la pena; del simultaneo estira y empuje que sentiría culturalmente. Este año, al comenzar a ver ‘la luz al final del tunel’ por ponerlo de una manera, aunque lo digo de la mejor manera posible, me di cuenta de lo largo e impredecible que ha sido el recorrido migratorio. Es algo que solo aquellos que se han ido de casa y han vivido por años con el estrés subyacente que acompaña los procesos burocráticos, financieros, emocionales y psicológicos de emigrar podrán entender.


En fin, al sentarme a tratar de codificar esto en una lista ordenada y presuntamente atractiva, me di cuenta que no podía hacerlo porque nada fue ordenado ni predecible. Codificar estas experiencias en una lista de 50 aprendizajes no lo haría justicia a los procesos que conllevaron a dichas lecciones. Aparte, me estaba costando llegar al número 50 porque la realidad este año me enseñó una sola cosa: no tengo el control.


No tener el control es una de las lecciones más simples y a la misma vez más profundas que creo podemos aprender en la vida. No tener el control, y aun así poder crear, adaptarnos y navegar situaciones, es parte fundamental de ser humanos. Querer tener el control de las cosas fue el tema más recurrente de mi año – y de mis sesiones en terapia. Y aunque comenzó siendo algo sumamente frustrante (y aún lo es) cada vez me fui dando cuenta de lo liberador que también puede ser.


Nos libera a enfocarnos en el presente y sembrar para el futuro, no con el enfoque solo en la meta sino en el proceso. Me encanta la historia de los heroes de la fe en Hebreos 11, quienes vivieron por fe sin recibir en esta vida lo prometido, pero encontrando una vida llena de propósito, una recompensa y un legado en su diario caminar. ¿Cuántos no vivimos frustrados en un constante ‘correr tras el viento’, buscándole sentido a la vida, solo para darnos cuenta casi demasiado tarde que siempre estuvo frente a nosotros?


Nos libera a amar, no con el fin de cambiar a alguien o recibir algo, si no por el simple hecho de amar. Simone de Beauvoir dijo, “hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla,” y creo que es una buena frase que recordar al momento de amar. A lo largo de mi vida siempre escuché muchos consejos que iban por los tiros de, “no te preocupes, eso (una conducta) se cambia.” Me pregunté siempre cuál era la finalidad de estar con alguien ya sea románticamente, en plano de amistad, familiar o hasta laboral, con la esperanza silenciosa que esta persona cambie sin su consentimiento o intención. Si bien el amor a veces implica límites cuando ciertas conductas resultan dañinas, el amar de forma condicional es una práctica masoquista y ubicua que permea relaciones a diestra y siniestra, y que casi sin falta lleva a la decepción. Dicha decepción es frecuentemente adjudicada a la otra persona, pero la raíz en realidad estaba en los términos y condiciones que le pusimos a la relación que nacieron de nuestro deseo de controlar el curso de la misma.


Nos libera a crear, intentar, explorar y fracasar. Por mucho tiempo se ha propagado el mito que solo algunos especiales son lo suficiente creativos o intrépidos para emprender y crear. Sin embargo, esto no puede estar más alejado de la realidad. Todos de diferentes maneras tenemos la oportunidad de crear y de arriesgarnos a intentar cosas. Pero, muchos nos privamos de ocupar estas facultades y tomar estas oportunidades por una inseguridad que nace de no poder controlar el resultado de aquello que hagamos. La paradoja es que frecuentemente, es en soltar el control lo que hace que nuestra exploración posiblemente rinda un mayor fruto del que hubieramos podido conjurar.


Nos libera a ser exactamente quienes fuimos diseñados a ser. Ser quien uno no es, ni fue diseñado a hacer, es el equivalente al tratar de meter un cubo en un hoyo redondo. Simplemente no funcionará y los esfuerzos por lograrlo terminarán siendo agotadores y absurdos. Es inevitable que a lo largo de la vida se nos adjudiquen ciertas expectativas de parte de nuestros padres, maestros, amigos, de ese ente sin rostro llamado ‘sociedad’, y hasta de nosotros mismos. Estas no siempre son malas. Son muchas de estas las que nos permiten vivir en sociedad y relacionarnos unos con los otros. Sin embargo, hay muchas que nos desvian, apartan o alejan de quienes somos y quienes fuimos creados para ser.


Muchas veces estas expectativas nacen de querer sobreponernos a nuestros propios límites. ¿Cuántos duermen intranquilos a raíz de lo que los demás pensarán de algo, de cómo abrirá y cerrará el mercado, o de todo lo que tienen que hacer al amanecer porque se han comprometido a más de lo que es humanamente posible hacer en 24 horas? El hecho que no podemos controlar muchas cosas está directamente relacionado a que somos seres limitados.


Poder hacer que ciertas cosas superen nuestros límites es emocionante. Gracias a eso tenemos tecnologías que nos permiten acortar distancias. Es por eso también, que muchos optan por actividades como el paracaídismo y buceo, que van más allá de lo que como humanos podríamos hacer sin la ayuda de equipo especializado. Pero también es lo que lleva a muchos a exigir a sus empleados a trabajar más de lo que es humanamente posible. Es lo que lleva a padres y maestros a exigir estándares absurdos para que otros los cumplan, muchas veces con efectos perjudiciales. Es lo que lleva a que muchos se decepcionen de políticos cuando no pueden cumplir las nuevemil promesas que hicieron en campaña, y es también lo que llevó al político a hacer las nuevemil promesas en primer lugar.


Sí, es frustrante no poder cambiar la mentalidad de una persona. Es frustrante no poder cambiar el país, o el mundo. Es frustrante esforzarse mucho en algo y que no sea recibido o apreciado como esperábamos. Es frustrante tener que fingir ser alguien quienes no somos para ganar la aprobación de un jefe, nuestros padres o compañeros. Es frustrante tener que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo a aprender una destreza. Es frustrante no saber el resultado de lo que estoy haciendo de antemano, y saber sí valdrá la pena intentar. Pero al entender lo poco que realmente podemos controlar somos más libres para actuar sobre lo que sí está en nuestras manos.


No podemos estar en más de un lugar a la vez, pero si podemos hacer uso de las tecnologías a nuestro alcance para cultivar y generar relaciones, para difundir lo que creamos y para nunca dejar de aprender.


No podemos cambiar ni el pasado ni el presente, ni saber qué pasará en el futuro, pero podemos dejar de postergar cambiar algunos hábitos, tomar ese curso, comenzar a ahorrar, iniciar ese proyecto personal que secretamente hemos tenido engabetado, o invitar a esa persona a salir.


No podemos cambiar a los demás, pero podemos perdonar y pedir perdón. Podemos decidir no participar más en criticas y chismes, y podemos decidir reentrenar nuestra mente para comenzar a ver a los demás con más misericordia y empatía. Podemos también decidir a quienes dejamos que nos influyan y de qué llenamos nuestra mente.


No podemos cambiar por nosotros mismos el mundo. Pero si podemos ayudar a alguien que veamos que necesita ayuda. Podemos informarnos y aprender sobre lo que está sucediendo. Podemos donar o ser voluntarios en organizaciones que estén actuando en nuestra comunidad local y podemos involucrarnos más en la sociedad civil de nuestros países. Como dijo Dave Chapelle en su entrevista con David Letterman, “no puedes cambiar el mundo, pero puedes hacer tu esquina en él más bonita.”


Hay un infinito de cosas que no podemos hacer, y es exactamente como debería ser. Vivir con este entendimiento quita un peso de nuestros hombros que no estamos diseñados para cargar. Y sin esa carga del mundo en los hombros es con la que espero poder caminar en este nuevo año, recordándo que solo soy humana – lo cual significa que simultaneamente puedo hacer mucho, y a la misma vez no puedo hacer nada.

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