Los Estudios vs. La Realidad

 


Mi materia favorita en el colegio era historia. Desde noveno grado nos enfocamos fuertemente en las guerras mundiales, la guerra fría, y sus muy tangibles repercusiones hasta el día de hoy. Entendí de donde surgieron personajes como Fidel Castro, Juan Perón y Adolf Hitler. Recuerdo que cada clase sentía que me explotaba la cabeza de ver cómo los sucesos se iban desenvolviendo y desencadenaban otra serie de eventos, que a su vez desencadenaban otros, y así sucesivamente. Y así fue como decidí que estudiar Relaciones Internacionales era lo mío.

Tuve la fortuna de incursionar en esta carrera y la amé tanto que buscaba mil razones para no graduarme. De hecho, desde que me gradué, he compartido muchas veces con lágrimas en los ojos que a veces siento que me pierdo mucho en la cotidianidad y que llego a desconocerme a mí misma cuando abandono el continuar indagando en estos temas que tanto amo y que tanto me apasionan. Sin embargo, ese día tenía que llegar en el que ponía distancia entre la teoría y las discusiones académicas y me enfrentaba “a la realidad.”

Lastimosamente, en gran parte de los casos, la academia sigue estando muy divorciada de las eventualidades del día a día de los sujetos a quienes pretende estudiar. Aunque diversas instituciones están tratando de cerrar esa brecha, hay múltiples factores que afectan la velocidad con la cual esto se logra. Los eventos de las últimas semanas en Latinoamérica han sido un cruel recordatorio de lo lejos que estamos aún de acortar la distancia entre la teoría, los estudios, las discusiones académicas contenidas en cuatro paredes, y la casi siempre cruel realidad.

Las últimas semanas han sido muy duras para Latinoamérica, y el mundo en general. Me topé con un tuit que creo que lo resume perfectamente: “[Hoy] fue un día muy triste para América Latina. Para la Ciudad de México, para Cali, Medellín, para Bogotá, para Ibagué, para San Salvador. América Latina está agonizando y la gente resiste y resiste, y se queda en la línea resistiendo.” A esa lista le agregaría Venezuela, ya que hace unas semanas Twitter explotó con acusaciones y recuentos dolorosos de abuso y acoso. Le agregaría también Perú, que está ante una fuerte incertidumbre después de los más recientes comicios electorales. Y por supuesto, le agregaría Nicaragua, que sigue luchando por libertad tras un yugo de represión y ambición desmedida de poder del régimen de Ortega. La región está sangrando, está llorando, y está de luto. Y aunque pasé cuatro años preparándome para responder intelectualmente a estos eventos, ningún nivel de educación te puede preparar para procesar todo esto emocional y espiritualmente.

Le dediqué muchas horas a investigar y escribir ensayos sobre la violencia de género, sobre el populismo, sobre el control social y el uso de la fuerza. Y sin embargo, nada de esto me preparó para leer las historias dolorosas de muchas niñas, mujeres y hombres que valientemente han contado sus experiencias de abuso. Nada me preparó para ver policías golpeando gente sin sentido, llevando a muchos hasta la muerte. Nada me preparó para ver cientos de personas expresándose de forma divisiva ante la realidad que mi país, El Salvador, ya no cumplía con uno de los principios básicos de la democracia: la separación de poderes y una oposición activa. Nada me preparó para ver que muchos celebraban el disque final de una era política, sin darse cuenta que lo más probable es que este sea apenas el comienzo de una película que ya vimos muchas veces a lo largo de la historia, y que nunca acaba bien.

Quiero aclarar que con esto no estoy diciendo que porque “nada me preparó” entonces mi educación no valió la pena, al contrario. Jamás estaré en contra de que una persona quiera aprender, leer, expandir sus conocimientos y entendimiento de ciertas cosas. Cuando digo “que no me preparó,” me refiero al indescriptible abismo que hay entre las oraciones en un libro y el sentimiento, entre la teoría y la experiencia, entre una estadística y el dolor, particularmente en las ciencias sociales y humanidades.

Verán, aunque es innegable que una amplia brecha existe entre la teoría y la realidad, ambas son de una manera u otra caras de una misma moneda. Es necesario entender los trasfondos de los problemas para poder solucionarlos. Si bien la teoría, los libros o la academia siempre parecen estar un “paso atrás” de la realidad porque esta se va desenvolviendo más rápido de lo que podemos procesar, son estas herramientas las que nos permiten ver “el bosque completo” de las crisis a las que nos enfrentamos. Es el aprender de los temas y problemáticas que nos asedian lo que nos permite no solo ver la punta del iceberg, sino todo lo que hay por debajo de la superficie. A su vez, esto nos prepara para no solo estar “apagando fuegos”, si no idear y concretar soluciones más sustentables que a largo plazo verdaderamente alteren cierto orden.

Hace poco leí un artículo escrito por alguien que he llegado a admirar en poco tiempo llamado Ana Ávila, en el que ella argumenta que se lee por amor al prójimo. Creo que es lo mismo con el estudio. Aunque estudiar estos temas no me preparó emocionalmente para saber qué decir ante una declaración de abuso o un video de brutalidad policial, me dio las herramientas para entender qué factores están en juego en actos cómo estos. Me da la facultad de obtener el lenguaje y un cierto grado de discernimiento frente a lo que está pasando, y me ayuda a hacer lo que pueda desde mi trinchera por alzar la voz y demandar justicia. Me ayuda a entender que si alguien, una mujer que ha sido abusada, puede hacer una denuncia hoy en Twitter es porque alguien más antes abrió la conversación. Me ayudó a entender mejor cuáles pueden ser las repercusiones de una ley, e incluso a desarrollar empatía por aquellos que piensan y votan diferente a mí.

A pesar de cargar con la biblioteca más grande del mundo y de la historia en nuestros bolsillos, parece haber una creciente renuencia a esforzarnos por fundamentar nuestros conocimientos, pensamientos, palabras, opiniones y acciones. Ciertamente es más fácil y conveniente tomar algo que dice un “experto” en redes y adoptarlo como propio, que hacer el extenuante trabajo de leer, dialogar, escribir y pensar respecto a algo. Es muchísimo más fácil “pedir perdón que pedir permiso”, que hacer el arduo trabajo de investigar, analizar y evaluar diferentes alternativas para resolver una problemática. Y sin duda que es más fácil opinar que ya no vale la pena ir a la universidad como (a mi parecer) irresponsablemente han opinado algunos Youtubers, que tomar una postura de humildad al reconocer que no lo sabemos todo y que necesitamos aprender de aquellos que han recorrido el camino antes que nosotros y generosamente han plasmado sus lecciones en libros, videos, o cualquier otro medio.

Sin embargo, así cómo es necedad vivir sumergidos en libros y ensayos que como mucho nos muestran solo un fragmento de la realidad, es irresponsable solo querer enfocarse en la “realidad” sin abordar las causas de la misma. Así como no permitiríamos que un cirujano que solo ha leído libros nos haga una cirugía de corazón abierto, no deberíamos permitir que personas que ni siquiera saben qué es La República de Platón nos gobiernen. Si bien la academia y los sistemas educativos actuales tienen una necesidad urgente de ser reformados y transformados, no significa que debemos desecharlos por completo.

Recuerdo que en mi clase de macroeconomía mi profesor nos dijo, “no me interesa que en 10 años puedan interpretar estas gráficas, me interesa que en 10 años abran el periodico y entiendan qué está pasando y cómo deben responder.” Quizá en vez de seguir perpetuando la idea que la teoría y la práctica, que los estudios y la realidad, son irreconciliables, deberíamos esforzarnos por que estos se comuniquen más y se refuercen mutuamente. En mi opinión personal, ahí yace el secreto de un verdadero aprendizaje, y ultimadamente, de un verdadero desarrollo.

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